domingo, 16 de noviembre de 2014

Exorcismo pret a porter



Siento mucho respeto por los que conviven a diario con los miedos, yo soy el primero en sentirlos llegar, me he convertido en un experto en cogerlos al vuelo. Yo soy el miedoso número uno, es más; soy un cobarde que vive alternando entre un refugio de historias de papel y el exterior expuesto a los temores del mundo. De hecho es que escribo estas líneas para ahuyentar los temblores que me asaltan a diario, estas letras me las escribo primero a mano, y me las dirijo a mí, es como un auto exorcismo express que no necesita de cruces ni rosarios, ni curas de negro con absurdos rituales. Solo una moleskine y un lápiz bien afilado.

Confieso que la mitad de mis días los paso metido en una cueva en la que me siento ajeno a las amenazas que nos lanza el mundo, ya sé que las cuevas son húmedas y oscuras, pero como todos los cobardes (y todos lo somos un poco, quién lo va a negar?), prefiero esa sensación de falsa seguridad que nos da nuestra cueva interior con la sórdida luz de la mesita de noche, con ese goteo incesante de dudas, con las estalactitas de húmedas sospechas que se van formando con desesperante lentitud, lo prefiero, sí, a la lluvia torrencial, y a veces violenta, que está cayendo ahora mismo, ahí fuera.

Pero igual que me sincero con vosotros al decir que soy un maldito cobarde, tengo que decir claramente, a mí mismo y por escrito, que recientemente estoy cogiendo la costumbre de salir con más frecuencia de la cueva. Dejé de salir solamente los días de pleno sol para probar también en las mañanas intratables de otoño, esas en las que se rodean los charcos para vadear la realidad. Poco a poco lo que fue un capricho, una aventura incluso, se está convirtiendo en un hábito, y ahora le he cogido el gusto incluso a las tardes que oscurecen prematuramente y acaban cayendo de rodillas frente a los temporales de poniente. Ya sé lo que estáis pensando: que suena a retórica, a literatura, y lo es. Es la Literatura. Es mi salvación.

Miremos a los ojos del miedo más extendido, el miedo a la muerte, ¿qué es la muerte sino literatura?, ¿alguien por favor me puede decir si ha experimentado o ha visto a la muerte? de acuerdo, deja tu comentario en este blog y hablamos de tu experiencia en el otro lado ¿Hay algo a lo que tengamos más miedo, pavor diría yo, que la muerte?, pues no existe. Es una invención, pura habladuría. Aunque sospecho que gente con intereses ocultos y sotanas polvorientas, sectas monetarias neoliberales y grandes compañías de seguros, viene usando este tema recurrente desde los orígenes para asustar a los pobres pagadores de impuestos. Un momento, no vale decir que habéis estado muy cerca de la muerte y le habéis visto la cara. Eso es trampa, es como decir que has estado a punto de ganar la lotería. O que estás aprendiendo a volar cuando en realidad es un sueño recurrente. Como decir que eres feliz, eso es una ingenuidad, la felicidad no se tiene; se experimenta o se atisba de vez en cuando, pero nadie la tiene.

Y ya que no existe la muerte, dejémosla en paz. Primer miedo derruido. Ni una frase más.

Yo le temería más al presente, ese si tiene garras y dientes. Y rima con todo lo peor: ausente, penitente, se siente, pariente, gerente. Gente maledicente.

El miedo es el recelo hacia la misma vida que arrastramos de forma callada desde que nacemos, por recibir, y sin nuestro consentimiento, todo lo que no hemos pedido: el mismo nacer, la estricta moral, el amor y su contrario, las religiones y nacionalismos, la identidad que marca, el éxito que esclaviza, la autoridad que somete, ese vecino omnipresente, el error humillante. Y a pesar de saber todo eso, seguimos agachando la mirada cuando se nos habla de los grandes miedos, como quien mira para otro lado cuando es obligado a hacer algo, pero que realmente se muere por hacer. Es estar deseando que llegue el tórrido julio y a la vez que se acaben los sufrimientos y sudores que trae el levante. Es la rabia de no tener suficiente tiempo para hacer todo eso que nos niegan una y otra vez, es la frustración por no poder saltar todas las vallas que nos colocan aquellos que precisamente nos llaman cobardes. El miedo es la ignorancia sufrida en el ascensor por ese vecino aterido de temores sin sentido, y que no te mira a la cara por intuir que Tú tiemblas tanto o más que él.

Seamos sinceros, por fin, nos morimos de miedo por todo lo que suene a vivir a destajo, tener un trabajo, perderlo, no tener hijos o tenerlos y tener que mantenerlos, enamorarse y odiar después, ganar dinero y desprenderse de el. Nos aterra a la vez el futuro y su inminente llegada: el ubicuo presente. O dicho de otra manera, tememos al presente porque es una forma de atisbar y hasta rozar lo que vendrá en breve y que queremos evitar a toda costa por desconocerlo.

Corremos por el escurridizo instante como el que surfea una ola que es demasiado grande sabiendo que no podrá mantenerse en su cresta hasta el final. Por eso huimos hacia Facebook, tuiteamos sin parar, por eso la cháchara continua en bares y calles, las cenas y reuniones de clubes y asociaciones. Corremos en dirección contraria al miedo, de ahí el clamoroso éxito del wasap y google +, porque nos echan una mano en la carrera, porque nos evitan mantenerle la mirada al testarudo y ubicuo presente.

Y por fin llegamos, el Gran Miedo, con mayúsculas. El miedo más básico, innato, intrínsecamente humano, el miedo al silencio. ¿Por qué? Porque el silencio eres tú sin el disfraz, despojado de tanta palabra, ese a quien te resistes a conocer. Los ojos que evitan el espejo durante el afeitado, el que gesticula detrás de la máscara, la persona que se esconde detrás de tu profesión. Cuando te sientas frente al silencio te enfrentas a ti mismo. Nos tenemos miedo y de ahí nacen todos los miedos. Por eso huimos.  

Por eso yo uso la Moleskine y el lápiz, para sentarme junto a mí, a solas, un rato cada día. Para conocerme. Exorcismo pret a porter.

José María Sánchez Alfonso. Noviembre de 2014

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Soledad (2) El invisible paso del tiempo

Primeras mañanas

Esa noche no vimos nada porque cenamos a oscuras entre el rumor del agua y las casas. Nos fuimos a la cama sobre las doce y creo que soñé con el río lamiéndose sus propias piedras y arrastrándolas unos metros corriente abajo.

  Son calladas las primeras mañanas, de asombro, al abrir las ventanas por primera vez y estrenar un paisaje, unas caras nuevas, unas palabras que suenan recién inventadas. Las primeras mañanas de nuestras vidas nos enfrentan a miradas esquivas, nos asoman a pozos de existencias ajenas. Lo insólito de lo recién descubierto, la montaña muda que nunca pudimos imaginar y que ahora por fin la tenemos ahí. Las primeras mañanas siempre tienen la magia de lo desconocido, del caminar por nuevos senderos sin significado aún, sin destino marcado, donde las historias están por contar y las que están no tienen final. Donde nosotros los recién llegados, los eternos ausentes, estamos dispuestos a aceptar todo, mentiras y verdades mezcladas, porque solo oiremos lo que encaje con nuestra vida y nuestro tiempo recién traído al nuevo lugar. Y nada más. Porque lo demás no existe.

Ella dormía la primera mañana, cuando abrí el ventanal de la salita que daba a la aldea. Los tejados de pizarra negra se apretujaban, brillaban lisos antes de que el sol apareciera por el otro lado de las montañas. Me abrazó por la espalda, me besó en el cuello y se colgó suavemente de mí mientras el bosque se desprendía de la noche.  

Todos los silencios

Los silencios allí son presencias lentas, voces bajas, vidas leves. Las palabras allí son silencios ajenos, solo caen al aire por su propio peso, como frutas maduras que se separan del árbol al ser dichas, y una vez pronunciadas tienen un único significado.

Vimos pocas personas en la aldea esos días, y quizá no haya muchas más de las que vimos. Una gata negra dormía todas las noches en el alfeizar de nuestra ventana, las mismas cinco golondrinas volaban alocadas entre las casas y el río, Idoia –la mujer de Fomo– envuelta en su delantal a cuadros. Rufo, el melancólico mastín blanco que merodeaba por las cuestas empedradas, dos viejas sentadas como estatuas detrás del cristal de su galería, apenas unos hombres doblados sobre sus huertas. Y de fondo el bosque, siempre el bosque.

Del exterior solo sabíamos por el panadero, el solitario Andoni, un hombretón del norte de manos gruesas y cejas como matorrales, que llegaba con su furgoneta blanca a las nueve de la mañana. Desde la aldea se le veía subir, apareciendo y desapareciendo a un ritmo de vals, por las curvas que venían desde la parte baja del valle. Cuando paraba la furgoneta en mitad de la plaza tocaba varias veces el claxon como en un ritual, y en unos minutos se congregaba bajo el castaño toda la existencia de los alrededores. Al abrir las puertas traseras se escapaba el perfume caliente del pan, trayendo de vuelta a tantos ausentes. Yo le compraba una barra de pan aún sabiendo que probablemente no la tomaríamos, solamente por sentirme rodeado de esa breve humanidad, por la danza de la furgoneta trazando curvas en la carretera, por observar como envolvía cada pan en una hoja diferente del Diario Montañés: las barras blancas las daba con noticias del valle, las hogazas grandes con artículos de opinión, y los panes de centeno con las esquelas. Aunque solo fuera por la chulería de la maniobra de despedida y por verle finalmente la sonrisa pegada al retrovisor, ¿es que no valía todo eso 85 céntimos? Andoni se marchaba a otra aldea, con su soledad.

Buscamos los silencios huyendo del ruido que provoca nuestra propia huída, escapamos de la aglomeración del día. Buscamos la nada de la ausencia, la ausencia de nuestros mundos cotidianos, la humana necesidad de no ser reconocidos temporalmente, de no ser esclavos de una identidad, para luego volver al sur de la memoria, recuperada y nuestra otra vez, pero ya de otra manera.

El resto del día era puro silencio, una vez marchado el panadero se iniciaba el juego de las medias frases apoyadas al sol de las esquinas y de las nostalgias escondidas detrás de los visillos. Cada cual a lo suyo, cada cosa en su lugar, ni una palabra de más, ni susurros se oían. Las casas de sillares como siglos, la iglesia como una fortaleza, el frontón vacío. Y las piedras, las piedras del río, de las calles, de la montaña.

La profundidad del tiempo

            –Fomo, ¿no temes al olvido, no echas de menos el tiempo?
            
            –No necesitas lo que nunca has tenido, mira este cielo, ahí arriba, ¿lo echas de menos en tu tierra?
–¿Y cómo escapáis aquí del pasado, del paso invisible del presente?, ¿cómo soportar tanto silencio, distinguir el día de la noche, la vida de los ausentes?

–Sube con tu mujer al bosque más alto, donde el camino junto al rio se estrecha y se convierte en sendero te encontrarás un prado alto, crúzalo y trepa por el roquedo en la umbría, entrarás en el bosque de hayedos plateados, busca siempre la oscuridad, no hay señales, no mires para atrás. Sabrás que has llegado porque de repente todo se detiene, hace frío y se escucha el silencio. No se ve el cielo porque luchan en lo alto los robles y las hayas antiguas.

Mientras ella se entretenía cogiendo hojas caídas y tomando fotos con su cámara nueva yo me senté en una pequeña vaguada, apoyé la espalda en un tronco y cerré los ojos. Sin duda ese era el corazón de la Soledad más remota. Donde no llegaban las águilas. Pareció durar una eternidad porque el tiempo no pasaba, ni se oía. Entonces recordé lo que estaba grabado en una madera a las afueras de la aldea.

“Cuando a la mañana la neblina toma el bosque, este se va cubriendo de olvido, lenta e imperceptible se eleva el silencio que dormía en sus laderas. Y cuando se disipa a la tarde, todo el valle parece flotar y queda impregnado por la memoria”.

Últimas mañanas
            
                 –La última mañana no la vamos a ver.

            –No hay últimas mañanas si no huyes del tiempo, si vives en la soledad buscada y no la encontrada por sorpresa.

          Eso fue lo último que recuerdo, lo que creo que dijo cuando ya subía la ventanilla del coche, esa madrugada helada de mediados de agosto en la que al coche le costó arrancar. Las dos viejas seguían petrificadas en su galería, como si no hubiera pasado el tiempo. Idoia nos observaba con aire ausente desde el interior del colmado, con las manos resguardadas en el delantal.

Conducía mi mujer. Durante cientos de kilómetros solo oímos la rodadura del coche por la llanura. Este mundo es tan extraño que parece oscurecer solamente para que podamos soñar, que la luna grande se pasea por el cielo para hacernos sentir pequeños, y que los bosques hablan solo cuando te sientas en la profundidad de su silencio. Que los panaderos abren las puertas del cielo y reparten los recuerdos que cada cual encarga, en Soledad.

José María Sánchez Alfonso. Noviembre de 2014




sábado, 25 de octubre de 2014

Soledad (1): viaje al norte



 “La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Yo la hice. Porque decidí que era allí donde debía estar sola, donde estaría sola para escribir libros”. Estas palabras, escritas por Marguerite Duras en un dramático momento de soledad auto impuesta, me provocaron el deseo irreprimible de viajar este año hacia un sitio auténticamente solitario. Para tomar notas en silencio, para caminar por bosques sin caminos, para observar calladamente, para poner en pausa la vida, para no pensar. ¿Y dónde sino en soledad es posible escribir un libro?, ¿en qué otro lugar se puede pintar un buen cuadro, destilar los mejores pensamientos, los mejores momentos de una persona? Definitivamente este tenía que ser el año de mi viaje a Soledad.

“Sin embargo, en Trouville había la playa, el mar, la inmensidad de los cielos, de las arenas. Y era eso, ahí, la soledad. En Trouville miré el mar hasta la nada¨. Algo tan sencillo y tan bello lo escribió Duras unas páginas después, en la más absoluta y trágica soledad de su casa de campo recién estrenada. Una casa que decidió comprar nada más franquear la verja de entrada en su primera visita. La compró sobre la marcha, y la pagó del mismo modo, en efectivo.

Este año yo debía encontrar la soledad, mi casa de campo, aunque fuera en alquiler, pero en efectivo, efectiva soledad, la verdadera, exterior, interior, de gentes, de sitios, de ruidos, de todo. Me iría a las montañas, buscaría las más lejanas, las más altas, las más aisladas. ¿Por qué no?, ¿acaso no lo hizo Ricard? , ¿no dejó su puesto de investigador de bilogía molecular en uno de los institutos más prestigiosos del mundo, su magnífica casa en París, su envidiable posición social, renunciando a los privilegios por ser el hijo del famoso filósofo Jean Fracois Revel?, ¿no lo dejó todo de un portazo y se largó a la otra punta del mundo, a las imposibles montañas del Nepal, a la aldea más remota y miserable, al monasterio de Shechen, el más vacio y solitario, buscando la impenetrable y pacífica Soledad?, ¿y acaso no lo admiro?

Y tecleando en Google encontré algo que me llamó la atención, quizá fue el nombre del dueño de la casa, o la lejanía del lugar, quizá que la única foto que mostraban fuera la de Rufo, un mastín. Y me decidí a escribir un correo. Les conté que mi idea este año era hacer algo diferente, encontrar lo más parecido a la tranquilidad, silencio en estado puro, vistas al hayedo y sobre todo, más que nada, Soledad.

“Las Montañas Ignotas marcan la frontera norte de Soledad, y más allá están los mundos de lo Olvidado y de la Impaciencia”, así comenzaba el correo electrónico de respuesta que nos llegó después de varias semanas de espera durante las cuales, sinceramente, perdimos la esperanza de que nos llegaran a contestar desde la casa de aldea. No sabíamos que esperar de ese lugar, incluso sospechamos la posibilidad de que fuera un bluf, un timo más de internet, uno de esos sitios del cyber espacio en los que haces un pago para después comprobar con cara de tonto como desaparecen como el humo de un cigarrillo. Pero lo que no imaginábamos era una respuesta tan, por llamarla de algún modo, sorprendente. En mi primer email de contacto solo preguntaba si tenían electricidad, agua caliente y si había colmado en la aldea para comprar alimentos básicos, pero la respuesta del dueño de la casa nos intrigó tanto que mandé una transferencia de inmediato, sin dudar, para reservar un par de semanas de riguroso aislamiento.

Seguía: “Sepa también, Sr. Sánchez, que cuando deje el sur debe evitar a toda costa desviarse hacia el oeste, en el que es fácil perder el rumbo ya que es una interminable extensión de marismas, dunas yermas y pinares que de repente se asoman y precipitan al Océano del Silencio, verde y profundo. Las autoridades de tráfico rodado siempre advierten de que no se hacen responsables de los que se internen por el oeste de Soledad. Y por si no lo sabía, le informo de los temidos Puntos sin Retorno; unos postes de madera erigidos súbitamente al borde de las carreteras avisan de esos Puntos cuando ya no hay tiempo apenas para dar marcha atrás. Usted, siendo un incrédulo Solitario del sur –esto lo escribió con evidente sorna–, se reirá como tienen costumbre de reírse de todo por allí abajo, pero créame que una vez que se lee un cartel de esos ya no hay vuelta atrás, y olvídese de su preciado teléfono móvil porque no hay cobertura. Una vez leído el poste se recibe un último sms en la pantalla que dice, en ese dulce idioma ignorado por los engreídos Solitarios durante siglos: Bem-vindo ao fim do mundo, sem retorno. Y zas, se acabó todo”.

Pero el increíble correo continuaba: “Del este ni se preocupe, Soledad es el único país del mundo que no tiene, aunque lo tuvo, no se crea, era conocido por el Levante de las Tormentas Recurrentes, pero esta frontera se desdibujó año tras año, hasta acabar despareciendo por los efectos de la gota fría, de la invisible red de corruptelas y de la Cháchara sin fin”. Ni una palabra más sobre el este.

Según Fomo, que así se llamaba el peculiar dueño de la casa rural, yo vivo en “el sur profundo, el llamado Territorio de los Soles de Invierno, donde los Solitarios Sinsustancia –otra vez la ácida sorna del norte– viven apretados pero banalmente felices, al borde mismo de un espejo en el que, en los días de calmachicha, se refleja el Otro Lado o Lugar de la Sequía Sempiterna, según lo llaman también los impertérritos sureños”.

Y así fue como salimos de viaje un soporífero 27 de julio, y fueron varias jornadas delirantes atravesando las ocres Mesetas del Tiempo Detenido.  Una sola carretera en línea recta y de asfalto gelatinoso cruzaba la desolación de estepas resecas y ventosas, una llanura de algo más de mil kilómetros, en cuyo centro flotaba una densa nube de polvo gris y contaminación que –según nos contaron después en una gasolinera de las afueras– encierra en su interior una gran metrópolis de Solitarios ávidos de poder: taxistas y camareros furibundos, diputados correveydiles, banqueros salivantes y la odiada casta de Mandamases del Reino de Soledad. Ah, y la peligrosa Hastiada Mayoría (así la llamó el gasolinero, marcando la H y la M, lo que me hizo pensar que pertenecía a este grupo).

Llegamos a las Montañas Ignotas un tres de agosto, cuando ya apuraba el día y los picos aparecían irreales sobre el horizonte, como parte de un paisaje en sueños, suspendidos del cielo y flotando sobre colinas y campos que sí eran de verdad. La carretera ascendía sinuosa y estrecha, encajonada entre el río y las paredes de rocas, bordeada de helechos y largas varas de avellanos que trazaban arcos a nuestro paso. Nubes leves sobrevolando cielos limpios, de un azul desteñido, que parecían desprenderse de recuerdos remotos que se transformaban en más nubes, más leves, apenas ya sin recuerdos, sin memoria.

La primera noche cenamos callados bajo las estrellas, fue una cena improvisada en un pequeña zona de hierba húmeda junto al río, frente a nuestra casa, las copas de las hayas movidas por la brisa que bajaba dando suspiros por entre montañas oscuras.

Y así comenzaron dos semanas al norte de Soledad.

José María Sánchez Alfonso
Octubre de 2014


jueves, 12 de junio de 2014

Salvo el mar allí abajo



Erase una vez dos niños responsables que una tarde, hartos del tedio cotidiano decidieron que a la mañana siguiente no irían al colegio, que escaparían a sus deberes diarios, faltarían el respeto a las obligaciones impuestas, un desafío con el descaro de dos chiquillos. O mejor: dos niños felices pensaron subir a las montañas solitarias al oeste de la ciudad, montañas siempre en sombras altas, cubiertas de árboles callados y altivos, esas montañas a las que no llega la gente por temor a perderse en sus bosques, como en los cuentos, y que lo harían al amanecer.

Y lo harían sin avisar, para reír más y disfrutar de la chiquillada, solo por pensar como los echarían de menos en el colegio, como se alarmarían sus padres, qué dirían sus amigos en el recreo. Subirían con las bicicletas para adentrarse limpiamente, como un flujo de aire, en el mundo de las sombras. Partirían por un camino de tierra serpenteante que ascendía por el placer íntimo de la sabiduría que llevaban dentro, sin saberlo, ni siquiera sospecharlo. Esa sabiduría que los mayores querían elevar a categoría de conocimientos inútiles y prácticos. 

Pero los dos amigos, con la intuición de los chavales, darían un salto sin dudarlo al mundo de lo desconocido, de lo que no se toca por su lejanía, y pedalearían montaña arriba siguiendo el curso de un río tranquilo y pleno, que solo podían imaginar discurriendo allí abajo en el valle, silencioso, invisible, río de aguas interminables. Querían ver con sus ojos el eterno ciclo de las aguas que suben a lo más alto del mundo después de haber desembocado azules de sal, para volver a correr nuevas y limpias hacia la orilla del mar.

Todo verde, salvo el mar allí abajo, los amigos debieron crecer en el camino ya que el mar se alejaba, ya que la claridad del cielo abierto esa mañana de jueves se hacía imposible de coger con las manos, ni con su mirada traviesa se podría asir todo el verde de barro y bosques, verde de tres pequeños arroyos por cruzar, verde en huida hacia lo más profundo de la aventura. La lluvia del día anterior les abrió un paisaje brillante de viejos castaños, de poderosos robles del sur, de dulces madroños agarrados a las laderas. Todos los dueños del bosque inclinándose al rodar silencioso, haciendo paso a los adolescentes que maduraban a cada curva, y cuando la frondosidad se hacía irresistible entonces el bosque se abrazaba a sí mismo, la arboleda del camino se fundía y formaba un túnel de sombras.

El camino se convertía poco a poco en un pasadizo a lo desconocido, a la aventura, a la búsqueda de algo misterioso, fuera del mundo que ven y pisan cada día, de las caras que saludan a diario, las mismas calles y las mismas tiendas. Los dos veinteañeros van a experimentar la libertad absoluta de ver otro mundo, toman fotografías de las bicicletas rasgando el agua del camino, de las aves tomando altura y planeando ingrávidas sobre las cúpulas del bosque, de los animales que se esconden detrás de las rocas, en los escarpes de las laderas inclinadas, de los últimos recodos del camino, sin temor alguno, sabiendo que en algún momento se convertirían en adultos, quizá después de una cerrada curva del camino.

No supieron cómo, pero a media mañana ya habían llegado a lo mas lejano, donde el norte y el sur se juntan, donde las esperanzas descienden y tocan tierra húmeda, en un silencio oscuro, pleno y jamás escuchado por nadie, y bajaron de sus bicis ya hombres, orgullosos de la huida. Y el cielo se hizo más intenso, y con más fuerza lo miraron, lo miraron con los últimos ojos de adolescentes conspiradores, traviesos, oliendo ya las ruinas cercanas a la próxima vuelta del camino. Sospechan que el final de su desafío estaría cercano.  

Las sierras que antes parecían tan lejanas les dan ahora sombra, los silencios antes inaudibles se hacen más profundos, se van transformando en respiración íntima y lenta. El mundo les parece ahora más nítido, lo tocan. Los árboles son más grandes y parecen los dueños. El mar ya no se ve. Los dos amigos sudan y se ríen a carcajadas por el temor a estar perdidos. Finalmente el camino zigzaguea, sube y baja, se moja y se seca, se bifurca y se multiplica, es de arena y de piedras, de certezas y de dudas, de hojas caídas y...

Allí está. Todo lo que buscaban está de pronto delante de ellos, la forma de los sueños, el paraíso que buscaban, abajo en la ladera que cae al río, un bosque mágico jamás tocado, una pradera de vegetación antigua, olores claros, nubes ligeras pasando, el aire limpio.

El norte y el sur, el adulto y el niño, el futuro y el pasado, lo conocido y el asombro, la felicidad y el jueves.

Dos adultos satisfechos de haber desafiado lo establecido, con la vaga sensación de haber llegado demasiado lejos, se dejan caer bajo la sombra del alcornoque más grande, el dueño del lugar. Un lugar con un nombre mágico. En completo silencio comparten una galleta y una manzana, unas miradas cómplices, sin palabras para describir el mundo que acaban de descubrir. La sombra se mueve, los envuelve. Oscurece, todo es verde. Las ruinas de la aldea se esconden en la hierba. Y al volver a la ciudad, callados, se abrazan.


José María Sánchez Alfonso. Junio de 2014

jueves, 29 de mayo de 2014

Una reseña impensable de "Relatos con abrelatas", del escritor Ricardo Guadalupe.

        
La tenue luz dorada de los plátanos de indias volvía lenta desde la Alameda cuando ya caía la tarde, y además recuerdo que el silencio rebotaba en las cristaleras alargadas cuando Ricardo Guadalupe barrió la sala con una mirada de niño asombrado, como quien no ha roto jamás un plato, ni escrito quizá algo malo
.
Y nosotros nos dejamos escrutar, público sediento de ficciones inventadas. Solo ahora, pasadas ya dos semanas, lo entiendo todo. Con su rastreo inocente Ricardo nos estaba envolviendo en uno de sus relatos tan engañosos pero tan ciertos. Sin quererlo íbamos a ser los futuros protagonistas de una historia que atrapará a un lector desprevenido, otro más de tantos. Porque este escritor no pregunta al futuro, ni lo intenta adivinar; él lo ve en sus sueños y de ahí directamente lo vierte en su libreta reciclada, de papel rayado para que no se mezclen las palabras que le susurran sus protagonistas, para no forzar lo onírico más allá de lo honesto.

En las primeras líneas de sus relatos ya nos moveremos como seres fantasmales que deambularán durante cinco minutos por la vida de paralizados lectores, cinco minutos de una desconcertante realidad evitada con sutileza, o de sueños aireados con un soplo de realismo, que tanto da. A mitad de la historia se formará un nudo de desconcierto en el estómago, pero el mal trago (un autoengaño, como descubriremos después con alivio) se habrá digerido quedando una vaga sensación de que lo absurdo se coló entre las líneas horizontales de la libreta y nos hizo pensar, incluso dudar, de si éramos fantasmas, lectores, o éramos nada. Pensar que quizá no fue tan sueño, que la sociedad se arregle a golpes de palabras que evitamos a diario, que la soledad no sea tal vez tan literaria.

Tres mañanas tomé el café de las once sobre una mesa de nítido cristal blanco con vistas al trasiego cotidiano, ojeando el País y profundizando en los mundos acuosos del libro de Ricardo, con el inevitable abrelatas. Los tres días me dejé el último sorbo, el más cargado y con la crema más espesa, para que coincidiera con el final del relato, para disolver el vacío con cafeína.  La próxima vez entrará más luz porque los plátanos de indias se habrán desnudado. Entonces Ricardo baja la mirada, y se le adivina una sonrisa.

(José María Sánchez Alfonso, mayo de 2014. Para Ricardo Guadalupe, con cariño, por su asombrada creatividad).