miércoles, 26 de marzo de 2014

Cinco de levante, tres de poniente, y uno de calma


Hacía muchos veranos que no volvía, demasiados ya. Nos conocimos en las fiestas que organizaban en su casa, un palacete de pulcra arquitectura islámica, escondido de forma discreta en el bosquete de eucaliptos de la playa del Rodeo junto a la desembocadura del río Guadaiza, de modo que en sus jardines siempre flotaba el perfume mentolado de estos árboles. Solían llegar desde Marruecos a mediados de julio, huyendo del infierno africano, con un séquito de sirvientas bajitas, de pequeños ojos negros, que no paraban de emitir sonidos guturales en árabe, y que andaban de aquí para allá sin levantar las chanclas del suelo. Recuerdo que la familia venía desde el puerto de Algeciras conducida por el orgulloso chofer de la familia, Abdel, un espigado subsahariano de mirada callada, era oscuro y altivo como la misma noche del desierto.

Rachid, el mayor de los cinco hermanos, amaba Marbella y nunca se me olvidará aquella tarde limpia de finales de agosto en la que, mientras la criadas servían un té verde en la jaima y el sol caía rendido y ancho sobre Gibraltar,  me dijo con la mirada perdida en el oleaje frente al jardín, con ese absurdo romanticismo que nos enferma cuando tenemos veinte años: “José, joder, este debe ser el sitio más bonito del mundo, a donde todos quisieran volver, es el paraíso entre los paraísos. ¿Sabes? en las noches de invierno de Casablanca sueño con este mar verde y ondulante, este Mediterráneo dulce y agradecido, con esta sierra que se eleva sobre el mundo, con estos bosques que llegan a la misma orilla, y me esfuerzo en imaginar las buganvillas trepando por todos los muros de la ciudad”. Incluso pasados esos años de desenfreno juvenil, siguió viendo esto como un paraíso. Y continuó viniendo en verano con su familia en los años de universidad. Su sueño era dejar su país y venirse a vivir aquí, montar un bar en el puerto, o quizá un chiringuito en la playa de moda, el Ancón. Pero la vida a veces se encarga tozudamente de recordarnos que los planes de juventud son solo eso, planes. Y Rachid Ben’Habbad, después de estudiar Economía, y aprender francés e inglés (que sumaba al árabe y a un español más que decente), fue enviado por su padre a estudiar un Master en Administración de Empresas a París, como correspondía a una familia de la élite empresarial de Marruecos. Estaba predestinado a hacerse cargo de la empresa de su familia.

Y pasaron lentamente aquellos lánguidos y felices veranos, que se dejaron penetrar suavemente y con la respiración contenida por el poderoso Nabila, ese yate que hacía su entrada con nocturnidad en el Puerto hacia finales de julio, para hacerse divisar ostentosamente desde la ciudad, en la misma distancia de un cielo, o de un crepúsculo.

No fueron veranos de nieblas ni calimas tibias que ocultaran verdades molestas. Al contrario, el régimen de vientos era tan constante que regalaba a la vista una visibilidad brillante, de metal precioso: y así invariablemente se sucedían cinco de días de levante, tres de poniente y uno de calma, tan metódicamente alternantes que se llegó incluso a rumorear que algún jeque con fondos desbordados había pagado una cantidad secreta de dinero para que no cesaran de soplar los aires, salvo ese día de calma y sopor insobornable que se imponía por naturaleza. Que en octubre ya llegarían los temporales.
Eran tres largos meses en los cuales Marbella, que se estremecía cada final de día en un sueño de lujuria irreprimible, se postraba sin complejos ante los ricos venidos desde todos los paraísos fiscales posibles e imaginables, y ante delicadas realezas que caminaban descalzas sobre las pasarelas de unos yates que quedaban atracados como fortalezas venidas del espacio, inabordables, de una luminosidad humillante.

Fueron los años atravesados de secretos y rumores sobre la familia real Saudí, de los tesoros que esconderían en su palacio, del número de colinas al oeste de la ciudad que ocupaban sus mansiones. Provocadores Ferraris rojo escarlata, despampanantes Porsches 911 azul zafiro, contorneantes Maseratis Quattroporte blanco perla, desfilando  en fila india por los jardines del Marbella Club, la música italiana de moda resonando desde la discoteca al aire libre del Beach, con su pista de baile elevada entre pinos junto a un Mediterráneo que ya a esas horas rugía de placer. Marbella era la irresistible Donatella, o la insondable Renata, gritándome en medio de aquella vorágine: “¡Che idea! ¿Ma quale idea? ¿Non vedi che lei non ci sta?” Y Marbella era yo, devolviéndoles la esperanza de ligar: “¡¿Che idea?!”, entonces Marbella, sí, Marbella, me agarraba fuerte por la cintura y con un beso profundo y maravillosamente húmedo me empujaba hasta el poste central de la pista en su juego de provocación: “¿Ma quale idea? ¡E maliziosa ma sapra!”. Y así todas las madrugadas, de todos los estíos imaginables, hasta caer agotados sobre la arena viendo como un sol ebrio se elevaba tembloroso detrás del pantalán de madera.

Pasaron los años, y hasta las décadas, y los mismos vientos prodigiosamente programados, cinco de levante, tres de poniente y uno de calma. Hasta que una mañana de primavera del pasado año 2013 recibí un correo electrónico completamente inesperado que tuve que leer dos veces para poder creérmelo. Efectivamente, era Rachid Ben’Habbad. Me anunciaba, nada menos, que vendría a Marbella en verano con su familia. En un perfecto castellano me contaba que habían alquilado una casita en las Lomas de la Virginia y que pasarían aquí el mes de julio. Parecía entusiasmado por venir a su ciudad perdida, su paraíso de juventud. Me había encontrado por Facebook, y se moría de ganas de verme, de conocer a mi mujer y mis hijos, de hablar y de contarnos tantas cosas. Me contaba que viven en el distrito V de París, junto a la Universidad de la Sorbona, que está casado y tienen tres niños, y es codirector general de proyectos de EDF (Électricité de France). Le convencí para que vinieran desde el aeropuerto en autobús y así les llevaría en mi coche hasta las Lomas.

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Estación de autobuses de Marbella, lunes 1 de julio de 2013, cinco y media de la tarde. Me fundo en un abrazo con un Rachid de barba muy negra y algunas canas, y con una nariz aún más aguileña de lo que yo recordaba. Sus ojos penetrantes se separaron de mi un instante para observarme sonriente y nos volvimos a apretar en un segundo abrazo aún más fuerte, en un intento de recuperar tantos años perdidos sin saber nada el uno del otro. Un abrazo que enlazó mis hombros, tantos recuerdos, y toda nuestra memoria. Cuando por fin nos separamos me presentó a Salmah, una bellísima mujer árabe de melena cobriza y ojos de color aceituna, y sus tres asombrados hijos, que se alineaban medio escondidos detrás, Hanish, D’ylsha y Mahmad.

–José... no se ve el mar –pronunció pesadamente y con asombro, buscando por el horizonte, fue lo primero que le oí decir después de tantísimos años–, ¿o es aquel trocito azul hacia el este?...
–Rachid, hermano, bienvenido de nuevo a Marbella. Vamos a disfrutar mucho de tu visita, pero esto... esto está muy cambiado.
–Tienes razón, perdón, es que me ha sorprendido estar sobre la ciudad y que no se vea el mar –Rachid recuperó la sonrisa y posó su mano derecha sobre mi hombro.
–Menuda colección de hijos que tienes, no han salido a ti ehhh –su esposa Salmah sonrió complacida y mostró una personalidad arrolladora, encantadora.
–Pues sí José, ¡la verdad es que no me puedo quejar! Y hablando de niños, uno de ellos no puede aguantar más, no hubo tiempo de entrar en los servicios en el aeropuerto y el pobre...
–Quedaros aquí que yo lo acompaño al baño, esperarme en la acera que volvemos en un momento.  

Mahmad, el mayor de los tres, de pelo rizado y ojos muy vivos, dio un paso adelante con cierta urgencia y miró al suelo con timidez. Le atusé el pelo cariñosamente y me lo llevé al interior del edificio, cuando llegamos junto a la cafetería le indiqué cual era la puerta de los servicios. Justo en ese momento, al notar el hedor que salía del interior, recordé el estado en que normalmente se encuentran los servicios de la estación de autobuses de Marbella. A pesar de ser solo un chaval de 12 años no pude evitar sentir cierta vergüenza ajena, pero ya era tarde porque Mahmad entró velozmente hacia los urinarios. Mientras esperaba en la puerta pude contemplar en silencio, y con horror, el edificio –para ser precisos debería llamarse una fría y desangelada nave industrial–; sus suelos sucios, las escasas plantas decorativas muriendo de resignación, la cafetería deprimente y sin apenas iluminación, la pequeña y anticuada caseta de venta de tickets donde –a estas alturas del siglo– no se podía pagar con tarjeta, ni poder consultar en paneles la hora de llegada y salida de los autobuses, ni los andenes que correspondían a cada cual. Y eso solamente en los cuatro interminables minutos que tardó Mahmad en salir, ahora sí, aliviado y sonriente. Mientras lo acompañaba al exterior deseé con todas mis fuerzas que el niño no contara a sus padres como estaban los servicios, y que los padres no hubieran mirado con mucho detalle a su alrededor al salir del autobús. Y volví a atusarle con energía el pelo en un intento de ganármelo.

Los días siguientes tuve que hacer malabares para poder compaginar mi trabajo y las obligaciones de casa con la organización de una excursión a Selwo, buscar una canguro para salir los dos matrimonios a cenar a Banús y varias tardes de playa con las dos familias juntas. Una mañana vino Rachid para tomar café y charlar un rato en una cafetería cercana a mi despacho. Mientras Salmah iba de compras con los niños por el casco antiguo nos pusimos al día de nuestras vidas, progresos, obstáculos saltados, muerte de seres queridos, pero sobre todo muchas anécdotas de los momentos tan felices pasados en Al Maináh, el palacete familiar de El Rodeo. En el trascurso de la conversación Rachid me contó que su Hija, D’ylsha, estaba aprendiendo español en el colegio en París, y que le gustaría leer algo mientras estaba aquí en España. Le gustaría comprar algún libro infantil fácil de leer en español, yo le contesté que no hacía falta comprar ningún libro ya que nosotros teníamos tarjeta de socio de las bibliotecas públicas y podría acercarme a la recién abierta biblioteca a sacar un par de libros para su hija.

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Biblioteca Pública Camilo José Cela, Marbella, miércoles 10 de julio, una mañana soporífera de verano en la que, aun con la luz limpia que despliega la recién llegada brisa de poniente, todavía están pegadas a la ciudad la humedad y pesadez de los insufribles días de un levante que acababa de morir por agotamiento la noche anterior.

D’ylsha, subía las escaleras dando saltos con la excitación propia de un niño que espera la entrada en un lugar desconocido, lleno de libros, y donde podría elegir el que quisiera, ¡y todos en español! Rachid y yo íbamos detrás riéndonos e intentando contenerla. De repente un leve tufo a pescado bajó desafiante por los escalones desde la planta superior: del Mercado. Ese detalle me trajo a la memoria la experiencia que tuve hacía unos pocos meses, cuando llevé dos bolsas enormes llenas de libros que ya no queríamos en casa y pensamos que, antes que tirarlos o regalarlos a cualquiera, tendrían una vejez más plácida, y hasta útil, en la biblioteca pública. Dispuse los libros sobre el mostrador como dos torres gemelas a punto de colapsar, y le dije orgulloso, inocente de mí, que las quería donar, sí señora, ¡los dos rascacielos que tiene usted delante!  Nada, ni el Temido Balbuceo de los funcionarios, ni un intento de mascullar un agradecimiento, solo me regaló un lento giro de ojos hastiados, atrincherados detrás de las gafas de pasta negra de siete euros, de Alain Afflelou.

Ay, pero la niña ya estaba dando vueltas por la Biblioteca, y yo mientras trataba de distraer a su padre contándole que la casita roja que se veía por los ventanales era la Polaca, el bar donde se reunían algunos clubs y asociaciones de la ciudad. Pero Rachid solo miraba al interior, buscando libros quizá. El paisaje dentro de la sala era luminoso, de paredes amplias de un blanco nieve, y minimalista, pragmático, sin posibles distracciones a la lectura. Miento, de vez en cuando había una estantería de madera barnizada y sin una mota de polvo, es una táctica para ahorrar en limpieza, es mucho más fácil cuando no tienen libros. Si, Rachid, créeme, es lo último en bibliotecas públicas, aquí en Marbella los libros se conservan en una sala cerrada con aire acondicionado a una temperatura permanente de 20 grados, en la semioscuridad, y fuera del alcance de la población, y con diecisiete funcionarios vigilando dentro, más cuatro fuera por si acaso. El valor de los libros acumulados por el Ayuntamiento después de tantos años de riqueza de la ciudad es tal –cogí aire– que ha obligado a la alcaldesa a inaugurar un bunker secreto donde se contiene toda nuestra cultura impresa. “¿Y dónde está ese bunker?, debe de ser inmenso...” No se sabe amigo, por eso se llama secreto, comprende que sería una contradicción si cualquiera lo supiera, solo lo sabe la alcaldesa. Si, Rachid, no pongas esa cara, tantos años de inversiones inmobiliarias en la ciudad, de comisiones estratosféricas, de mordidas éticas y galácticas, de tanto turismo de lujo, tantos años de humillación con congresos de cirugía estética Neocatecumenal y de peluquería canina internacional, de festivales de verano a 100 euros la entrada más barata para escuchar a Julio Iglesias un verano sí y otro también. Todo ese dinero, amigo Rachid, ha servido para equipar Marbella a lo grande. Y sin olvidar las donaciones de familias reales árabes de Por Allá, y Petulantes Jeques de Por Doquier, que han sido destinadas al hospital comarcal, “¿Comarcal? ¿cuál?, ¿ese que vimos desde la autovía al venir del aeropuerto?, pero José, si es solo un esqueleto enorme y una grúa fantasmal que cuelga como un espantapájaros gigante, ¡¡Un momento Rachid!!, ¡mira!: ¡parece que D’ylsha ha encontrado un libro!”.

No, por suerte no era un libro, eran solo las tapas; si tú hija decide quedárselo entonces la funcionaria de gafas negras se... “¿cuál, la de Alain Afflelou?” No, no, se llama Luisa. “¿no es Alain?” No, es Luisa. Escúchame con atención Rachid, si tú hija decide quedarse ese libro, que lo dudo porque ha escogido justo el único que hay en la estantería que usan las moscas para practicar el aterrizaje forzoso en verano –aire por favor– y que además es la estantería de colecciones sobre las guerras mundiales distribuidas gratuitamente por los periódicos cuando cayó el Muro de Berlín. Pues te digo que si se decide por ese libro la funcionaria se quitará las gafas, las pondrá sobre el mostrador muy lentamente, y se pondrá en marcha un proceso telemático de burocrática sublimación a la concejalía penitente, la cual, previa consulta instantánea y no vinculante de wasap a la Hermandad de la Pollinica, remitirá la petición al Magno Registro de Entrada de la planta baja para que el ágil servidor de Lo Público le pegue un sello y lo retuitee a su vez al Bar de la Tercera, donde la camarera presionará un botón verde metalizado que se inauguró el año pasado para celebrar el inicio definitivo y fulminante de las obras de La Gran Marina Al Thani, ¿de qué te ríes Rachid?, Rachid, ¿es que no has oído hablar de la Marina Al Thani? Pero si eso lo sabe todo el mundo, ¿es que no habéis oído hablar de ese proyecto en París?. Perdona Rachid, me tengo que sentar, esto es insoportable, se gastaron todo el presupuesto de aire acondicionado en el... “Bunker”, sí Rachid, no Rachid, quiero decir que aquí no nos podemos sentar, no, que ya están las ocho sillas de la sala ocupadas. No Rachid, no, solo ocho no, no seas mal pensado, hay muchas más pero están... “Ya lo sé José ¡en el Bunker!” ¡Efectivamente Rachid! ¡Por favor, vámonos a la Polaca a tomar unas cañas que te tengo que contar lo del carril bici subliminal, y la peatonalización onírica de Ricardo Soriano!

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Al día siguiente no pude ir al despacho, se me hacía insoportable. Después de una noche de pesadillas, de vueltas y revueltas en la cama, me desperté en un estado de sopor calmo y aplastante, ese estado en el que se sume nuestra bahía cuando la naturaleza decide que no sopla más, cuando el Atlántico y el Mediterráneo no se ponen de acuerdo, ese día en el que el único amigo que te cruzas por Marbella a mediados de verano no te sabe decir por qué día del mes vamos, ese día en el que al deambular aturdido por la avenida principal te sobrecoge un Portillo Azul tronando, y tú, al inhalar el humo alucinógeno de Avanza Bus, llegas a creer que bajas descalzo por el verdor de un prado asturiano, o un bosque de hayas, a 18 grados.

Y así ocurrió, que después de caminar feliz durante todo el día por los Picos de Europa y bajar a Ribadesella por la tarde a darme un chapuzón en el Cantábrico, conseguí cerrar los ojos a las tres de la noche, de puro agotamiento. Pero claro, como era de esperar en una buena historia, sonó el teléfono.

–Ehh, ufff, ¿See?
–¿José María?, perdón por las horas, soy Salmah. El pequeño, Hanish, tiene 39 de fiebre y no para de gritar de dolor, se toca los oídos llorando, hemos estado esperando a ver si se dormía pero no mejora, en las casas de alrededor no hay a quien acudir...
–¿Eh?, ¿quién?, Dios mío, urgencias. Quiero decir, uff, sí claro Salmah, perdón, es que estaba a punto de dormirme, quería decir que hay que llevarlo a urgencias. Urgentemente a urgencias. Paso a recogeros en cinco minutos.
–¿Vamos al hospital José?, estoy angustiada...
–Sí claro, al hospital, a urgencias, no, no ¡al hospital a urgencias NO!
–¿cómo?, ¿No vamos a un hospital?
–No Salmah, las urgencias del hospital son para los que están a punto de morir ..¡oohh perdón!, quise decir muy muy graves, o para los que pueden esperar en la sala más de 24 horas reventando de dolor. Para los que están bastante graves o solo muy graves es mejor el ambulatorio de las Albarizas.

Y nada más colgar el teléfono me di cuenta del lio en el que me acababa de meter sin ayuda de nadie. 

Pero se iban a enterar, todo tiene un límite, sí señor, iban a masticar el glamour polvoriento de los veranos de Marbella, iban a experimentar de primera mano la elegante acogida en la recepción de un auténtico cinco estrellas gran lujo, si señor, el ambulatorio de las Albarizas a las tres y media de la madrugada, en la oscuridad agonizante de un desahuciado mes de julio, con las chicharras escondidas en los árboles y lanzándose mensajes de desesperación, un barrio con sus jubilados de oro urdiendo a diario la trama de una vida al límite y afilando con saña las armas de la existencia, con las nocturnas olas del mar rebotando una y otra vez, rítmicamente, en el maldito cartel verde de Mercadona. Con la misma cadencia que la naturaleza impone a los vientos, cinco de levante, tres de poniente y, por fin, uno de calma.

José María Sánchez Alfonso
marzo de 2014









viernes, 21 de marzo de 2014

Blues de la noche loca

Un verso de una vida, ayer
reducto de belleza
de ver salir el sol y solo entonces, saber
que mi suerte sería esa.

No se irá mi gloria
de copas, ni de penas
ni mi voz será ronca,
de alcohol y arena.
No, si antes la Luna flota
naranja y plena
sobre el blues de una noche loca.

Deja que trepen a las ramas muertas
con cielos de luces rojas.
Deja que talen sus lejanías,
porque a nosotros,
tan locos y sin manías,
nos lloverán las hojas

sábado, 1 de marzo de 2014

El lado oscuro de las estrellas

                                                                       


Llega cierto año de tu vida, que no pretendo nombrar porque cada cual esconde el suyo, en el que, para tu sorpresa, ya no buscas más. Te contentas con leer lentamente el presente, como quien observa detenidamente un amanecer, si te hubieran dicho que es el último amanecer.

Intentas retener el tiempo, que dicen que huye, fluye, que dicen que se escapa, como el agua entre las manos del azar. Abrazar, asir la luz blanca y extraña del invierno, esa luz líquida y transparente del norte, tan lejana de nuestra mirada. De nuestras horas azules del sur. Intentar detener con tu quietud unos segundos, unos minutos de la mañana, cuando una avenida normalmente atestada y ruidosa de repente es para ti. Toda, ancha, silenciosa, para ti.

Y el castillo. Siempre ahí pero hoy aún más, con sus incontables ventanas calladas, sin apenas almenas y con torreones en espiral, te impone su negra y gaélica enormidad. Se figura alto y encaramado frente a ti, se encumbra en un dialecto familiar pero ininteligible, con sus giros y tonos grises se alza sobre la roca, húmeda de tanto mar, mar del norte.

Y el tranvía. Que nunca existió, pero que hoy sin avisar fluye por la avenida desierta, como el tiempo fluye, como el agua con la mano abierta. Un tranvía fantasmal y en pruebas, en vuelo bajo entre las aceras, entre tú y las cristaleras. Sin testigos, solo tú y su brillo plateado, a no ser por el otro tú que se reflejaría aterido en los ventanales de la librería. El viento helado, que viene silbando como quien pretende no verte, desde Irlanda nada menos, te empuja suavemente hacia el oeste, y tú, a una edad a punto de cumplir, te dejas empujar, llevar, libremente.


Das un paso, y luego otro, así hasta tres, escondes las manos en el abrigo, encoges los hombros de felicidad, cierras los ojos buscando el lado oscuro de las estrellas, y las cuentas, las amas, todas, a la vez. Y así recorres en toda su longitud la interminable avenida de Princess Street, que hoy es toda para ti, y a partir de hoy solo tuya. Con el tiempo detenido por fin, con el frio atravesado de luz, con la extraña sensación de ser tan feliz, tú, tonto de ti, tan solo buscando el lado oscuro de las estrellas...

lunes, 17 de febrero de 2014

Él blanco, ellos escarlata.

No le gusta asumir riesgos, por eso va siempre de un blanco exquisito. Hoy incluso me humillé para calzarle sus zapatillas de “blanco, muy blanco” (así las llama Él). Y a quién le extraña que no entienda de colores, no va más allá del amarillo, y este siempre del mismo tono, pintado hace siglos, el amarillo de las banderas blancas.

Esta mañana se levantó despacio, todas las mañanas se levanta despacio. Yo Lo levanto despacio. Si no lo despierto yo creo que se quedaría inerte y de cartón en su ancha cama de Dios. O quizá abriría los ojos solo cuando el sol de las nueve y media atraviesa los ventanales del palacio para llenar todo este vacío y calentar el aire tan viciado. Yo descorro las cortinas de esos ventanales, yo Le lavo esa cara transparente, yo Le acerco el crucifijo, yo le hago todo a Él. Y cuando está en pie, limpio, desayunado y rezado, es como un Sol de Medianoche, un Broche de Oro, una Sábana Inmaculada. Todo eso no lo he escrito yo, se lo inventa Él, le gusta decírselo a Él mismo. Se lo repite todas las mañanas en mi fría e íntima presencia, magnífica presencia ausente. No se atreve a decirlo al resto del mundo. 

Algunas tardes, cuando ya ha recibido a todos y rezado todo lo rezable y se tumba agotado de vivir, me murmura muerto: “Hermana, a veces creo que soy la Música del Señor, ¿usted no me ve como el Siervo de la Verdad?, no me mienta, más que humano ¿no parezco la Imagen Viva del Creador?”, entonces cierra la boca derrotado, y yo le miro con pena, y algo de asco y odio, por qué no. Todas las esclavas odiamos un poco. No le contesto, me quedo derrotada a su lado, con los ojos también cerrados y una mueca apenas sugerida atravesada en mi rostro. Un rostro no mirado, que solo mira, a Él. Un rostro olvidado por mí, un rostro de museo cerrado, polvoriento. 
Pena.

Él es Uno, Todo, la Noche y el Día. Yo no soy más que nada, ni la nada algunos días, siento que ni soy ni estoy. Desde mi escritorio veo como oscurece la ciudad al otro extremo de la plaza, primero oscurecen ellos del otro lado, al oeste, nuestro palacio oscurece el último, al este. Mis ropas negras ya no se ven. Hay un silencio adictivo aquí dentro y los francotiradores de la noche y del pecado ya se van situando en las azoteas de la ciudad, ahí fuera. Triste.

Le pondré una cena ligera, frugal como la de un ángel. Y se irá a su cama fria. 


Ellos, escarlata.

Anoche se durmió con un suspiro agónico, arrastrado, seguido de una exhalación tibia, pensé por un momento que se me moría. Solo Dios conocerá sus sueños, yo los intuyo. Él, transparente, envuelto en su sábana de lino crudo, se agita en sueños como un barco pequeño en un mar enfurecido. Yo lo observo delirar desde mi sumisión, sentada en la penumbra junto a su cama de príncipe, desde el absoluto silencio de una esclava. A mi espalda, una ciudad ya en la oscuridad plena, se obstina en desobedecerle, y hasta peca con furia. Y cuando ya la negrura de las farolas ni siquiera alcanza Su habitación, me retiro ligera con miedo a las sombras.
Huyo.

Atravieso con prisa las salas, seis en total, hasta llegar a mí reducida habitación, sé que me observan y me siguen con la mirada Ellos, los antecesores de Blanco, los que hicieron sufrir a la ciudad. En cada salita a varios, y todos me preguntan, me persiguen, me clavan los ojos de la condena, sus ropajes hinchados los convierten en seres mágicos, como de otros tiempos, pero sus cuerpos agrietados ya descansan en las tumbas de los sótanos del palacio.
El infierno.

Y yo me pregunto una y otra vez: ¿quién me alivia a mí? Él, blanco, sufre, muere en privado. Y finge que sufre, que muere, ante el mundo que lo aclama. Mi sufrimiento no existe, es más humano, es una crucifixión callada, de sierva sin palabras.
No muero.

Hoy es domingo y Le vestiré con sus mejores ropas para que lo bajen al templo. Ahí se sentirá poderoso, un Dios todo de blanco, un blanco teologal, infinito, y hablará en el idioma en que se entienden sus hombres de Escarlata, el latín. A la vuelta subirá acompañado por uno de los suyos, el designado, se recluirán en la salita que abre su ventana a las colinas y pasarán el resto del día aquí arriba, en el Apartamento. Yo me haré la sorda, y el mundo seguirá pecando y Él seguirá sufriendo, muriendo, arrastrando sus pies por la antesala de la eternidad, su blanca y suave eternidad. Ya conoce cada peldaño de las escaleras de piedra que desembocan en los sótanos donde descansan los Otros. El los acompañó allí abajo, uno a uno, todos blancos. Con sus zapatos de cordones, y piel negra abrillantada.
Santos.

Y volverá a caer la tarde opaca, como acaban cayendo todas las cruces clavadas en los camposantos. Volverá a llegar la gran noche, la que teme Blanco, la que yo espero en silencio. Y gemirá en su cama de lino, se retorcerá ante mi mirada, suspirará con suspiros de muerto, los que espera la ciudad.
Los Escarlatas, ronroneando como viejos cuervos, esperan su amanecer helado, arrastrando sus ropajes de seda sobre los temidos suelos de los soportales. Con los mismos zapatos negros, asomando sus puntas brillantes. Van por parejas, velando sus almas desaparecidas, esperando ser llamados para ocupar el Apartamento y sus seis salas llenas de cuadros. Y aquí les esperaré yo.

Sin morir, callada.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Él, blanco

No le gusta asumir riesgos, por eso va siempre de un blanco exquisito. Hoy incluso me humillé para calzarle sus zapatillas de “tierno blanco” (así las llama Él). No me extraña que no entienda de colores, no va más allá del amarillo, y este siempre del mismo tono, fijado hace siglos, el amarillo de los testamentos.

Esta mañana se levantó despacio, todas las mañanas se levanta despacio. Yo Lo levanto despacio. Si no lo despierto yo creo que se quedaría inerte y de cartón en su cama solitaria de dos por dos. O quizá abriría los ojos cuando el sol de las nueve y media atraviesa los ventanales del palacio para llenar todo el vacío y calentar el aire tan viciado. Yo descorro las cortinas de esos ventanales, yo Le lavo esa cara transparente, yo le acerco el crucifijo, yo le hago todo a Él. Y cuando está en pie, limpio, desayunado y rezado, es como un Sol de Medianoche, un Broche de Oro, una Sábana Inmaculada. Todo eso se lo inventa Él, le gusta decírselo a Él mismo. Se lo repite todas las mañanas en mi fría e íntima presencia, magnífica presencia ausente. No se atreve a decirlo al resto del mundo. Algunas tardes, cuando ya ha recibido a todos y rezado todo lo rezable y se tumba agotado de vivir, me murmura muerto: “Hermana, a veces creo que soy la Música del Señor, ¿usted no me ve como el Siervo de la Verdad?, no me mienta, más que humano ¿no parezco la Imagen Viva del Creador?”, entonces cierra la boca derrotado, y yo le miro con pena, y algo de odio, por qué no. Todas las esclavas odiamos un poco. No le contesto, me quedo derrotada a su lado, con los ojos también cerrados y una mueca apenas sugerida atravesada en mi rostro. Un rostro no mirado, que solo mira, a Él. Un rostro olvidado por mí, un rostro de museo cerrado, polvoriento. Pena.

Él es Uno, Todo, la Noche y el Día. Yo no soy más que nada, ni la nada algunos días, siento que ni estoy. Desde mi escritorio veo como oscurece la ciudad al otro lado de la plaza, primero oscurecen ellos del otro lado, al oeste, nuestro palacio oscurece el último, al este. Mis ropas negras ya no se ven. Hay un silencio adictivo aquí dentro y los francotiradores de la noche ya se van situando en las azoteas de la mentira, ahí fuera. Triste.

Le pondré una cena ligera, frugal como la de un ángel. Y se irá a su cama fria.

Él, blanco.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Tacheles


Son las cinco de la tarde, ya hace frio y el sol comienza a caer detrás de las torres de cristal azulado del complejo de la Cancillería, haciendo que la última luz del día parezca flotar en una huída lenta sobre los edificios cercanos.

Por fin en Berlín, es doce de mayo de 2011, en hora punta, y los tranvías atestados de gente hacen retumbar el puente sobre el rio Spree en su carrera por la interminable Friedrichstrasse. Unos cruzan los bulevares a regañadientes para morir en el barrio de Kreuzberg hacia el sur, y otros giran al este, vomitando estudiantes en su ruta hacia la desolada Alexander Platz. De colores poco estridentes y aún así extrañamente atractivos, son algo alemanes pensé, un poco ruidosos pero eficientes. Muy alemanes concluyo.

Es mi primera tarde en esta ciudad de vanguardia y alternativa, vital hasta la extenuación, y tengo una cita con alguien a quien ni siquiera conozco, que me enseñará la supuesta avanzadilla en experimentación social, la vanguardia del arte, lo último en la guerra de guerrillas urbanas de Europa.

No tengo tiempo para detenerme en detalles pero es imposible no fijarme en el enjambre de bicicletas oscuras y de estilo retro que recorre los dos sentidos de la avenida, las montan estudiantes en vaqueros y sudaderas, ejecutivos con labtops en bandolera desenganchados de la droga dura de los Audis, jóvenes funcionarias con gafas de pasta y largas gabardinas grises que hacen ondular elegantemente por el frenesí de la avenida. Adelantan a los tranvías, los rodean con descaro, se cruzan con ellos desafiándolos, y solo se detienen forzadas por los semáforos. Y por lo que puedo ver alzándome de puntillas por encima de la multitud, este ejército de bicis engulle cruelmente a los pocos coches que se aventuran por el centro de la ciudad. El solo pensamiento de los angustiados conductores camuflados detrás de las lunas tintadas de esos pesados cacharros tan contaminantes, me hace sonreír.

Acelero el ritmo al cruzar hacia la Oranienburger Strasse, jugándome la vida en un amago de salto entre dos tranvías, un intento inútil de sortear el gentío y el tráfico. El Ampelmänn, ese muñequito de los semáforos que a punto ha estado de desaparecer de no ser por la movilización ciudadana, detiene el tráfico al cambiar a un verde chillón. Su color favorito desde que el nuevo ayuntamiento decidió (por la presión ciudadana) que la calle es para la gente y las bicicletas, y que por tanto el Ampelmänn solo se vestiría de rojo en ocasiones contadas. Su figura anda de forma mecánica como un dibujo animado simpático y sin prisas. Solo llevo dos horas aquí y creo que gracias a detalles como este no te da la impresión de estar en una gran ciudad, hay prisa sin prisas, tanto movimiento impasible. Ahora el simpático y popular muñeco sonríe también desde las tarjetas postales, camisetas, posters y toda la parafernalia que se despliega en las tiendas de souvenirs que invaden el centro de la ciudad. Se ha convertido, tras un proceso tan absurdo como inevitable, en uno de los símbolos de la movilidad sostenible de Berlín, y sus ciudadanos lo muestran orgullosamente como el botín de sus batallas contra los primeros gobiernos de la ciudad tras la caída del muro y de su lucha contra antiguas formas de vida.

Pero se me hace tarde, mi primer día en la ciudad y ya llego tarde a la cita con un alemán desconocido en un sitio del que no sé que esperarme y que tiene el extraño nombre de Kunsthaus Tacheles, y todo por ir divagando sobre cosas irrelevantes, ¿o quizá sí son importantes? Al llegar a media altura de la Oranienburger, al pasar bajo la imponente cúpula de la Sinagoga Nueva, giro a la izquierda siguiendo las indicaciones que llevo escritas en una hoja doblada varias veces en el bolsillo de los vaqueros. Tomo por un callejón que se adentra en el antiguo barrio judío, el Berlín Mitte, que ahora es un barrio multirracial tomado por artistas alternativos, okupas marginales, artesanos y gentes de variado pelaje y origen. Esto es otro mundo, donde el rio de bicicletas se atenúa de repente y el rumor de gomas desgastadas rebota sobre un piso de adoquines de entreguerras, un mundo donde las bicicletas circulan en un pedaleo con un aire de ausencia, y haciendo sonar sus timbres en una cadencia más humana, más amable...creo que ya he llegado.
Más de tres mil kilómetros recorridos desde que sonó mi despertador a las cinco y media de esta mañana en Málaga, tres aeropuertos diferentes, miles de caras desconocidas, una autopista colapsada de tráfico, el S-bahn de cercanías y dos veces perdido. Y al tener el destino delante de mis ojos me quedo sin aire, sin saber realmente que pensar.




Tacheles, que en Yidis significa “hablar claro”, es algo imposible de describir cuando lo tienes delante, cuando te abre su boca para que entres, una boca por la que podrían pasar coches y camionetas. La fachada de varias alturas de ventanales con cristales rotos, de hormigón ennegrecido por la polución, se impone lúgubre sobre los demás edificios de la calle. Este antiguo centro comercial construido en 1907, y que llegó a su estado ruinoso durante el régimen comunista, es un hormiguero de artistas alternativos que decidieron romper con todas las normas y okuparlo para ofrecer todas las formas de arte posible al nuevo Berlín; sus esculturas, sus pinturas, su artesanía. Hay un cine, teatro, música en directo continuamente. Tienen un bar y un restaurante de comidas ecológicas, un mercadillo en el que venden sus artesanías y hasta un bar chill out en un solar adosado. En los fantasmales pisos superiores sobreviven como pueden, sin luz ni agua ya que las compañías cortaron los suministros básicos hace tiempo. Pero resisten.

Ya estoy sentado en el suelo de tierra del enorme patio interior de la manzana, alrededor de la fogata hay un círculo de personas que meditan en silencio, hablan en voz baja o simplemente están absortos en el fuego.

“Sí, me llamo Michael, pero aquí me llaman Mihi, manía de los berlineses por hacer giros cariñosos con los nombres de todo lo que se mueve en esta ciudad. No, no soy alemán, jajaja, aunque te lo parezca, soy americano, de Oregón, aunque es cierto que mis abuelos eran alemanes que emigraron a los Estados Unidos, de ahí mi apellido Bauer, pero no me preguntes cómo acabé aquí”. Y después de esta introducción tan franca y directa se lanza a contarme la historia de esta famosa comuna, amenazada por la ley del mercado. “Se habla de grandes cadenas hoteleras y de empresas de centros comerciales, incluso se rumorea que el banco HSH Nordbank se ha quedado con la propiedad, para que te hagas una idea: son 20.000 metros cuadrados de terreno en pleno centro de la ciudad.  Aquí hay mucha confusión y me temo lo peor, la gente empieza a desmoralizarse y nos han conseguido dividir en dos facciones: los Tacheles EV que han decidido luchar hasta el final y el Gruppe Tacheles que ha aceptado una oferta muy tentadora (se habla de hasta un millón de euros) de un famoso bufete de abogados. Sinceramente, yo me levanto cada mañana pensando que será el último día en Tacheles, que me vuelvo a Portland antes de lo planeado”.

Al interesarme por lo que hace él aquí me confiesa: “bueno, soy arquitecto y participé en la redacción del Pan Estratégico de mi ciudad, Portland. Después me incorporé a la comisión ejecutiva del Plan durante sus primeros cinco años, me picó el gusanillo de la transformación de las ciudades en hábitats más sostenibles, más amables para los peatones y las bicicletas, en fin.. todo ese rollo de la movilidad, ya sabes. La movida de Berlín es muy conocida allí y siempre me interesó, y al enterarme de la experiencia de Tacheles ya no pude resistirme. Pero allí tengo a mi familia, mi novia (o eso espero), mis compañeros de universidad, y sé que volveré, me temo que pronto”.

Después de casi media hora de conversación alrededor del fuego, Mihi se percata de mi aturdimiento, y propone un café y algo de comer en el Oranien Café a la vuelta de la esquina. No me puedo negar.

Al salir de Tacheles tengo la vaga sensación de que algo me persigue, por momentos siento como si un vaho húmedo saliera exhalado hacia la acera desde los oscuros pasajes que penetran en el interior de los edificios, los laberínticos patios interconectados que taladran las manzanas del Mitte, los tristemente famosos “höfe” de la antigua burguesía judía, donde los nazies practicaron sus crueles cacerías. Necesito salir de este barrio, quiero salir a las grandes avenidas aunque ya sea de noche, sentir el aire frio de la ciudad pegándome en la cara. Al pisar de nuevo la amplitud de la Oranienburger Strasse ya sé cuál es mi próximo destino, Portland, me relajo por fin y disfruto de mi paseo hasta el hotel por la orilla del Spree, a ritmo de Ampelmänn.

José María Sánchez Alfonso.
Diciembre de 2013




sábado, 12 de octubre de 2013

El Gran Salto



Los ferries viajan al vaivén de las corrientes, entran y salen del puerto de Tarifa a un ritmo de tango lento, y estremecen el aire con un bufido hondo de animal marino. Apenas cogen velocidad cuando salen al océano abierto, dejando una estela de espuma revuelta, y se pierden con sigilo por la bruma del Estrecho.

“Mira, parece que no se mueven” me susurra Arturo, que se sienta a mi lado para contemplar los barcos con sus prismáticos. Con solo cinco años y una limpia sonrisa de ojos achinados ha venido con el grupo de adultos a contemplar como miles de aves migran desde el norte hacia el invierno del sur más remoto. La diferencia de edad no impide que nuestras miradas se crucen, y en ese instante hay un destello consciente de sabernos protagonistas, de la certeza de estar sentados en un lugar estratégico del planeta, donde todo parece confluir finalmente, el encuentro de dos mundos diferentes. Venimos a contemplar un espectáculo único en la naturaleza, el Gran Salto.

Es mediado de septiembre, primeras horas de la mañana de un luminoso día con aire de otoño nuevo, y hemos dejado los coches en la cuneta del camino, en una colina con la vegetación exhausta después de tres meses de verano. Ahí fuera hay un silencio estruendoso que nos obliga a bajar la voz. La vastedad del horizonte que se abre a nuestro alrededor es tal que me hace pensar que ya no estamos acostumbrados a estas extensiones de mundo sin urbanizar. Quizá, y solo en la lejanía, esa virginidad se pierde por la presencia de los molinos de viento que, con los brazos abiertos, parecen esperar a un poniente que no acaba de entrar desde el oeste, o por los caseríos desdibujados por la sombra mortecina de eucaliptos derrotados.

Un grupo de personas ataviadas con ropas de campo se refugia bajo un cañizo construido al mismo borde de un montículo. Murmuran entre ellos en diversos idiomas y otean el cielo con reverencia mientras manejan con naturalidad una parafernalia de cámaras réflex, prismáticos, e intrigantes telescopios montados sobre trípodes.
Nuestro guía, Antonio, se lanza entusiasmado a informarnos de las especies de aves que probablemente veamos a lo largo del día. Armado con una guía de aves y una mochila llena de pasión por la naturaleza, nos reúne en círculo para hablarnos de las águilas culebreras, los halcones abejeros, milanos, águilas calzadas, y buitres leonados. Nos describe en detalle cada ave para que luego las podamos localizar en el cielo. Pronto nos trasmite su pasión por estos “bichos”, como los llaman los ornitólogos, de los que habla con una cariñosa cercanía.  Y mientras nos explica cómo se preparan las aves para comenzar el viaje desde Europa, a su espalda, y sin que él se dé cuenta, van emergiendo como colosos oscuros las montañas de Marruecos. Son moles imponentes que parecen flotar sobre las nubes paradas del estrecho. Tras esas montañas, el desierto, y la selva después, espera a las miles de aves que han conseguido llegar a este rincón de la Península Ibérica.

A este lado, contra la extraña negrura del otro continente, se recortan las siluetas de caballos y árboles solitarios, inmóviles, que parecen ser la última señal de vida antes de que este lado del mundo se sumerja en el Atlántico. Produce cierto desasosiego contemplar la vasta soledad con la que esta naturaleza sobrevive sobre las colinas resecas donde muere Europa. Pero nosotros hemos venido a rebuscar el cielo con nuestra mirada, donde ya se agrupan las águilas culebreras con sus cuerpos anchos, alas moteadas y cabezas de color chocolate.
Salen de la nada para formar remolinos de diez o quince individuos, vuelan en espiral para ascender lentamente aprovechando las corrientes térmicas. Aletean cogiendo altura suficiente para después lanzarse a planear sobre el mar. El cielo se va llenando sin darnos cuenta de aves de distinto tamaño y colores; más oscuras cuanto más del norte de Europa.

Hemos pasado de no ver nada a no saber dónde mirar por la repentina aparición de decenas de halcones abejeros que se dirigen con determinación hacia las montañas perdidas del sur, aleteando sobre la costa con una determinación y energía que las hace desaparecer en segundos por el horizonte. Tenemos que manejar los prismáticos con rapidez para poder ver con nitidez a ese numeroso grupo de halcones luchando por mantenerse juntos y protegidos a tanta altura sobre la desnuda inmensidad azul.

Mientras tanto, ajena a lo que ocurre por el cielo, la Isla de las Palomas se va envolviendo lentamente en esa ambigua niebla que avanza liviana y muda sobre el océano. Incluso Tarifa va desapareciendo como una isla amurallada, de la que solo quedan visibles el castillo y las torres de San Mateo y San Francisco. Tánger desapareció ya completamente, tragada por la titubeante línea del horizonte.

Un grupo de cuatro alimoches juguetea sobre nuestras cabezas, cantan y vuelan de forma agitada, caótica, quién sabe si excitados por nuestra presencia.  Exhiben con orgullo sus contrastes blancos y negros, y sus pollos, completamente negros, aprenden a volar recortándose nítidamente contra la claridad del cielo. Antonio divisa hacia las montañas del interior una formación de cigüeñas negras, y parece, por la manera en que habla de ellas, que estas aves eran especialmente esperadas. Aparecen como diminutas motas oscuras en la lejanía, y en pocos segundos son ya más de una treintena de aves majestuosas que con un aleteo cadente, amplio y elegante están ya sobrevolando la calima del estrecho.

“Son como fantasmas, porque aparecen de la nada. Y como fantasmas se van, si no sois rápidos con los prismáticos ni siquiera las veréis pasar, ¡mirad ahora!” y cuando termina de decirlo ya son cientos de aves las que alzan el vuelo cubriendo el cielo a nuestro alrededor en una explosión de vida. Este por fin debe de ser el espectáculo que vinimos a ver, tiene que serlo porque nuestro guía señala ya en todas direcciones con sus dos manos, gira sobre sí mismo tratando de abarcar con su mirada, y hasta con sus brazos, a una Naturaleza que se despliega con todo su poder.

Hacia el oeste, un solitario sol de atardecer parece suspendido sobre la vastedad del Atlántico, y el poniente que gira suave por Punta Camarinal riza el agua de la ensenada de Bolonia, haciéndola aún más verde. Las últimas bandadas de aves se alejan de nosotros, viajando hacia África con una precisa sabiduría animal que les hace saber exactamente el rumbo, les hace volar en grupo para protegerse, sin necesidad de plantearse el por qué de su viaje. Esa misma sabiduría que teníamos nosotros y que estamos enterrando bajo toneladas de tecnología y progreso. Ese mundo sabio, en forma de mancha gris que ondula lenta en el cielo africano, desaparece ante nuestra mirada de asombro, y se difumina hacia el sur aleteando con decisión. Es el Gran Salto.

(Y las aves seguirán navegando por sus océanos de cristal, los peces sabrán que surcan cielos reflejados en su mar, y los hombres... pensarán que cruzan los estrechos, en ferries que bailan tangos con bufidos de animal)

José María Sánchez Alfonso. Octubre de 2013